El ídolo de la vida marina termino en dos semanas, después de un año y ocho meses de “perfecto” noviazgo entre Pamela y quien fue su pareja durante seis años, tiempo en el que ella callo todo tipo de abusos que el le propiciaba.

Este es un caso que se encuentra en proceso judicial desde el 3 de noviembre, cuando ella al fin pudo denunciar, en flagrancia, a su agresor y salir del infierno en que se encontraba u del que guardaba silencio por temor. Por ello, se omiten nombres completos y detalles de los involucrados.

Pamela, 31 años, delgada, cabello oscuro y una sonrisa contagiante, siempre fue una mujer fuerte, extrovertida y de una alegría desbordante. El noviazgo con el acusado de violencia de genero duro veinte meses, tiempo en el cual disfrazo su verdadera personalidad.

“Durante el noviazgo era muy caballeroso, respetuoso, jamás me alzo la voz, siempre protector, preocupado. Preocupado te puedo decir en el hecho de: “donde estas, ya llegaste, ya saliste, avísame…” . En esa época ¡wao, que lindo, preocupado! Hoy por hoy te puedo decir posesivo como ninguno”, relata

Para irse a vivir juntos, ella dejo su ciudad natal y llego a Guayaquil, donde formaron un hogar. Pasaron apenas dos semanas de eso cuando pamela descubrió que se había mudado con el enemigo.

“Teníamos una reunión con su familia (en un club elegante) y mientras se bañaba me empezaba a decir que no emita comentario alguno, que tenía que comer con los cubiertos. Entonces le dije ¿Qué paso?, se comer con cubiertos, o es que te avergüenzas de mi”.

Dice que en un “arranque de mujer independiente” decidió no acompañarlo a la reunión. Actitud que el tomo como una humillación y, a su regreso, entro a la casa dando una patada a la puerta y empezó a ahorcarla, recuerda. “Él es grande. Empezó a ahorcarme, a jalarme de los pelos, a pegarme, por hacerlo quedar mal. Me asuste. Me dijo: sabes nunca más me hagas enojar”.

Ese primer episodio fue compartido por Pamela con un par de amigas, quienes le aconsejaron que “no se dejara”. “Entonces, dije, claro pues, me le paro. ¡Grave error! En la siguiente, me acuerdo que me le pare y fui tan energética y dije: no. “¿No?”. Creo que me cogió a las 3 de la tarde y a las 10 de la noche termino de pegarme”. Ya para eso habían empezado las amenazas, lamenta.

Además del amor por su familia, el individuo había encontrado otro punto débil en la joven: su cariño a los perros.

El sujeto empezó a meter canes a la casa y los golpeaba. Tuvo uno al que le saco un ojo por un fuerte golpe que le propino. Después murió. En sus manos murieron varios animales a los cuales Pamela les pide perdón y llora cada vez que los recuerda.

Las amenazas en contra de su familia eran las peores. “De repente en una pelea, no te sabría decir exactamente cuándo, el hace una llamada, alguien le contesta, y al ratito, plin plin (sonido de mensaje), dos fotos: la primera, mi mama barriendo la hacer, y la otra era de mis sobrinos jugando en el parque, a la salida de la escuelita”

Eso la quebró. Sintió mas pánico contarle al mundo todo lo que su esposo le hacía. “Me decía: “voy a matar a tu mama, voy a hacer como que le roben y que la apuñalan. A tus sobrinos voy a mandar a secuestrar, que les corten un dedo, y si los violan, que los violen”. El tipo sabia manejarme la psicología”

ENTRE DENIGRACION Y TORTURA

“Me pegaba por todo, “¡Hoy te muelo a palos!” “Bazofia” eran sus palabras favoritas. Me humillaba, me insultaba y me pegaba con toletes, con fustas de cuero, de madera, con palos, con lo que encontraba”

Las golpizas, dice, duraban horas. Y las torturas fueron parte de la rutina. “Me quemaba los pezones con una fosforera, me pasaba corriente en el cuerpo…”

Hubo momentos en que deseo morir en sus manos. A veces, por su mente pasaba la idea de matarse. “Pero pensaba, ¿Irme de este mundo causando dolor? Pensando en que él iba a quedar como una víctima, pobrecito. Irme de este mundo y saber que iba a venir otra mujer a pasar lo mismo”.

Pamela siempre ha celebrado la no violencia contra la mujer (cada 25 de noviembre), y durante los seis años que vivió con su agresor se sintió hipócrita por ello. Porque ella era una víctima y estaba guardando silencio, por miedo. Miedo a que el cumpla con sus amenazas, miedo a que el sistema judicial no haga su parte. “No existe boleta de auxilio que te proteja. Cuantas veces no tiene una mujer boleta de auxilio y vienen, las matan y se van”

Pero, a inicios de este mes, después de una golpiza, Pamela al fin pudo gritar su dolor